¿De la socialdemocracia al socialismo?

Por Benjamin Kunkel para nuso.org

El libro Manifiesto socialista, de Bhaskar Sunkara, se propone una lectura de las experiencias socialistas, desde la socialdemocracia sueca hasta la revolución soviética, con un objetivo programático: fortalecer la corriente socialista democrática en Estados Unidos e incidir en las nuevas generaciones. Pero ¿hasta qué punto este proyecto puede contribuir al nacimiento de una sociedad poscapitalista?

¿De la socialdemocracia al socialismo?

Bhaskar Sunkara es editor y fundador en 2010, cuando todavía era estudiante de grado, de Jacobin, revista trimestral socialista que hoy puede presumir de más de 35.000 suscriptores y que atrae a muchos más lectores aún a una versión digital indispensable, que publica artículos casi diarios sobre la política estadounidense e internacional escritos por una constelación ecuménica de autores y autoras de izquierda; fue vicesecretario de Socialistas Democráticos de Estados Unidos (dsa, por sus siglas en inglés), una organización a la que se sumó en su décimo octavo cumpleaños y cuyas filas, en los últimos años, como él mismo recuerda, se han multiplicado por diez para superar los 50.000 afiliados; es también columnista ocasional en The New York Times The Guardian y tertuliano en el canal de noticias por cable msnbc. En resumen, Sunkara es el rostro público donde los haya del tan debatido fenómeno del socialismo de los millennials en eeuu, caracterizado por una amplia y amistosa sonrisa en su fotografía oficial y modales relajados y generosos (o, en otras palabras, no sectarios) en sus muchas apariciones públicas. Sunkara nació en White Plains, Nueva York, en 1989, probablemente en el momento más bajo de la historia de la izquierda. Sus padres habían migrado desde Trinidad y Tobago y, en su primer libro, The Socialist Manifesto: The Case for Radical Politics in a Era of Extreme Inequality1, Sunkara establece rápidamente la modesta situación de clase de su familia: «Mi madre trabajaba por las noches como teleoperadora; mi padre, un profesional desclasado, trabajó más tarde como funcionario en la Ciudad de Nueva York».

El socialismo no era en absoluto tendencia en las áreas suburbanas estadounidenses de finales de la década de 1990 y principios de la de 2000. En el relato característicamente relajado de Sunkara, se requirió ese oasis residual de la socialdemocracia estadounidense, la biblioteca pública local, para familiarizarlo con la literatura socialista. «Por casualidad tomé Mi vida, de León Trotsky, el verano en el que acabé séptimo curso, no me gustó especialmente (aún sigue sin gustarme), pero me intrigó lo suficiente como para leerme la biografía de Isaac Deutscher sobre Trotsky». En un itinerario lector que frecuentó las secciones sobre el socialismo democrático y la revolución social –dos estrellas que aún forman parte de la constelación bajo la que transcurre la carrera adulta de Sunkara–, pronto se adelantó en el tiempo para llegar hasta Michael Harrington y Ralph Milliband y retrocedió hasta el «misterioso Karl Marx en persona». La frase indica complicidad con el lector neófito a quien se dirige obviamente, aunque no de manera exclusiva, Manifiesto socialista.

La búsqueda de nutrientes intelectuales de Sunkara en los acervos municipales tuvo lugar en un momento en el que en las estanterías de las publicaciones periódicas no podía encontrarse ninguna semejante a Jacobin o, para el caso, a cualquier otra de las pequeñas revistas que han surgido en la escena estadounidense a lo largo de estos últimos 15 años: revistas firmes en sus compromisos radicales, pero que se dirigen al lector general y no a los eruditos del materialismo histórico. En aquel momento, se podía elegir entre revistas auténticamente radicales como la Monthly Review o la propia New Left Review que, de modos diferentes, daban por sentada la formación teórica o la orientación política previa de sus lectores, y las publicaciones socialdemócratas como The Nation Dissent, que ofrecían mansas incursiones progresistas sobre los acontecimientos contemporáneos, que evidenciaban poca esperanza y aún menor perspectiva teórica para concebir un triunfo del socialismo en la sociedad estadounidense. Una buena medida de la proeza que ha logrado Sunkara con Jacobin es que los adolescentes estadounidenses curiosos, intrigados por la izquierda, ya no se encuentren tan intelectualmente solos como lo estuvo él (y, para el caso, como lo estuve yo mismo) y que la tradición marxista en general ya no tenga el aspecto de un asunto de anticuarios o especialistas.

Intelectual público, editor radical, político socialista, con solamente 31 años Sunkara es ya la figura más prominente en este sentido de la vida estadounidense desde el propio Harrington, quien murió el año en que nació Sunkara. Por otro lado, la corriente socialista democrática que, en las primeras décadas después de que Harrington y otros fundaran el dsa en 1982, no era más que un hilito de agua que atravesaba el desierto del paisaje ideológico estadounidense, hoy es un río que Sunkara puede aspirar razonablemente a que se convierta en uno de los principales canales de la crítica política estadounidense. El socialismo democrático en eeuu, tal y como se encarna en el floreciente dsa, ya amenaza al neoliberalismo social del Partido Demócrata a su derecha y, al mismo tiempo, a su izquierda ha acelerado la defunción del grupo socialista revolucionario más respetable del país, la Organización Socialista Internacional, que se disolvió en 2019.

Estas circunstancias, por sí solas, ya conferirían una cierta importancia a cualquier libro escrito por Sunkara. Y, además, la palabra escrita (o publicada en internet) es de especial importancia para el socialismo estadounidense, a diferencia de otras tendencias políticas por el momento más efectivas: hasta que la llegada del socialismo a eeuu sea una realidad institucional, el fenómeno existe en buena medida sobre la palabra escrita; y, como ilustra el caso del propio Sunkara, es en las bibliotecas y en las librerías, tanto como en los lugares de trabajo o en las manifestaciones y asambleas, donde se ganan los conversos. ¿Qué tipo de aportación a las estanterías del socialismo, entonces, ha ensayado esta nueva y afable eminencia de la nueva izquierda estadounidense y de qué manera contribuye a los actuales debates de la izquierda?

No es una pregunta fácil. A pesar de los brillantes fragmentos autobiográficos con los que empieza Manifiesto socialista, pronto queda claro que el libro se adscribe a un género literario completamente distinto e impersonal. (La desaparición tras las páginas iniciales del Sunkara autobiográfico –el hijo de piel oscura de migrantes de clase obrera– implícitamente reprende a ese estilo de la política estadounidense predominante en el Partido Demócrata, que justificaría y elogiaría los compromisos políticos de cada uno principalmente sobre la base de su «identidad» racial, sexual y de clase). No obstante, el género del que participa el libro no se corresponde exactamente con su título, porque este Manifiesto no entrega un manifiesto en el sentido clásico de un documento que resume las razones morales y los fines materiales de un partido o de una tendencia política concreta; incluso en el penúltimo capítulo del libro, titulado «Cómo ganaremos», que consta de 14 puntos de guía estratégica, Sunkara se limita a hacer observaciones genéricas (por ejemplo, punto 4: «Harán todo lo que puedan para detenernos») y afirmaciones abstractas (punto 12: «Tenemos que tener en cuenta las particularidades estadounidenses», pero también el punto 14: «Nuestra política debe ser universalista»), sin optar por esbozar un programa específico. Es posible que Marx y Engels, en su Manifiesto del Partido Comunista, ensayaran una idea general del capitalismo mundial e incluso una teoría universal de la historia, pero no se abstuvieron de plantear diez exigencias políticas concretas.

Tampoco emplea mucho tiempo Sunkara en la defensa de los fundamentos éticos o morales de una política radical, que promete en su subtítulo. Solamente su primer capítulo –«Un día en la vida de un ciudadano socialista», en el que imagina la transformación de eeuu dentro de dos décadas– defiende, como una cuestión de principios, un socialismo democrático que cumpla con la tradicional «retórica de justicia y democracia» estadounidense mediante la eliminación del trabajo asalariado, en tanto que es «una forma inaceptable de explotación», y mediante el «empoderamiento de la gente para que pueda controlar su destino dentro y fuera de su lugar de trabajo». Si eeuu se adecuara a ese modelo, «se garantizarían al menos las necesidades básicas de una vida buena para todos»: supuestamente, el acceso universal a sanidad y educación de calidad, así como la percepción de ingresos adecuados y la disposición de un tiempo libre abundante, que serían posibles gracias a empresas gestionadas por los trabajadores y que, por lo tanto, posibilitarían ese «radical florecimiento humano» cuyas precondiciones ha creado el capitalismo mediante la abundancia material, pero que ha escamoteado a las masas del pueblo. Haciéndose eco de la famosa perorata de Trotsky en Literatura y revolución, Sunkara nos invita a «imaginar a nuestros futuros Einsteins y Leonardos da Vincis liberados de la pobreza y miseria aplastantes», solamente para abandonar esta imagen a cambio de una perspectiva más humilde: «O mejor, olvidémonos de Einstein y Leonardo, imaginemos mejor a la gente corriente, con capacidades corrientes, con tiempo libre suficiente después de su jornada de 28 horas semanales para explorar sus propios intereses o aficiones según su capricho». La avalancha resultante de «mala literatura» y de arte de baja calidad, propone Sunkara, «será sin duda una señal del progreso». En su política cultural, el nuevo socialismo estadounidense se encuentra ostentosamente cómodo con la mediocridad de la expresión literaria y artística (incluso cuando no sea una prueba de ello el libro de Sunkara, que en general es un texto realmente elocuente), como si quisiera hurtarse al reproche de «elitismo» que la derecha despliega rutinariamente para desmotivar cualquier alianza entre los profesionales con educación universitaria y los trabajadores con un título de enseñanza secundaria. En general, sin embargo, Sunkara da por sentada la bondad de la causa socialista y se abstiene de hacer un proselitismo explícito, tal vez a partir de la sensata premisa de que la maldad del capitalismo estadounidense de hoy en día habla por sí misma: si las pruebas ante nuestros ojos aún no han revelado una sociedad que desdeña cualquier noción de justicia en su reparto de oportunidades e ingresos, no hay libro en el mundo que pueda hacer ese milagro.

En lugar de ello, el grueso del Manifiesto socialista consiste en un manual básico de la historia socialista, «no completa, sino selectiva», con la intención de sacar «lecciones, tanto del ala revolucionaria como de la reformista del socialismo, para los tiempos presentes». Más allá de esas lecciones aisladas, Sunkara nos promete una enseñanza más amplia: «De esa historia podemos aprender que la vía al socialismo más allá del capitalismo pasa por la lucha en procura de reformas y de la socialdemocracia; también podemos aprender que, en una visión de conjunto, no es una trayectoria totalmente diferente»2. La ambición y dificultad de la lección histórica que pretende, con la promesa de cuadrar el círculo de la reforma y la revolución, quedan patentes en el ambiguo tiempo verbal de la frase: ¿cómo puede un camino que hasta ahora no ha «pasado» de la socialdemocracia al socialismo pleno (en el presente histórico, como lo llama la gramática, del pasado) ilustrar que, de hecho, es el único camino capaz de «pasar» desde la primera hasta la segunda (en el promisorio tiempo del futuro implícito en la forma verbal del presente)? En otras palabras, si hasta la fecha, a lo largo de la historia, la socialdemocracia reformista nunca ha desembocado en la revolución social, ¿cómo podría esta misma historia mostrar que, en el futuro, esta será la secuencia necesaria de acontecimientos? Lograr esta demostración ambiciosa y, hasta ahora, esquiva, es el ámbito de esta obra engañosamente modesta.

Después de este primer capítulo, Sunkara divide su libro en dos partes. La primera de ellas, que consiste en seis capítulos, se compone de una serie de estudios de casos concretos, de manera más o menos cronológica. Aquí se presenta el socialismo, tal y como emergió y fracasó, desde finales del siglo xix hasta las postrimerías del siglo xx, en media docena de situaciones (inter)nacionales: desde las visiones y frustraciones fundacionales en Marx y Engels en su exilio británico; pasando por el arco del Partido Socialdemócrata (spd, por sus siglas en alemán) de Ferdinand Lassalle y Karl Kautsky en Alemania, entre el Programa de Gotha y su debacle durante la República de Weimar, continuando a través de la Revolución soviética a partir de su primer intento en 1905 hasta su triunfo en 1917 y su caricatura mortal en la colectivización forzosa de la agricultura bajo el mando de Stalin en 1928 y posteriormente; los logros y las atrocidades de la China comunista entre Mao Zedong y Deng Xiaoping; el apogeo histórico de la socialdemocracia en la Suecia de la posguerra y su frustrado salto a una auténtica propiedad colectiva de los medios de producción contemplada bajo el Plan Meidner; y, por fin, el aún no nacido socialismo de eeuu, entre el ineficaz Eugene V. Debs y el omnipresente Harrington. La segunda parte del Manifiesto, más breve (capítulos 8-10), cambia la memoria por la anticipación, contemplando las oportunidades para el socialismo en eeuu en el siglo xxi.

Sería sencillo enumerar las omisiones y presunciones de Sunkara en este breve resumen de «la historia prolongada, compleja, a veces inspiradora y a veces lúgubre de la política de izquierda»3. Podríamos preguntarnos por qué, entre todos los países europeos, se trata en detalle únicamente Alemania en el apogeo del spd, cuando en todos los demás lugares el desafío ha sido siempre adaptar el socialismo marxiano de habla alemana como una veta extranjera en suelo nativo. De manera similar, ¿cómo es posible que la Revolución China ocupe todo el espacio de la «revolución del Tercer Mundo», en el capítulo que lleva ese título, cuando este proceso fue por el contrario impulsado en países mucho más pequeños y más débiles y mucho más fácilmente subordinados al poder imperialista? Y podríamos continuar con más interrogantes en esta línea. Pero Sunkara ya ha concedido que su historia del socialismo, como aspiración y como ejercicio del poder, es una historia selectiva. Y si su conjunto de estudios de países es más convenientemente ilustrativo que idealmente representativo, esto de ninguna manera lo invalida para ser un divulgador, capaz y ecuánime, sobre una diversidad impresionante de situaciones nacionales. Sus lealtades personales –hacia Kautsky, por poner un ejemplo, o, por poner otro, hacia una política que enfatiza las heridas de clase por encima de las heridas de género– no le impiden observar, respectivamente, el abismo existente entre «la visión casi apocalíptica de la crisis del capital» que sostiene Kautsky y sus «comparativamente modestas exigencias inmediatas», o el éxito probablemente mucho mayor de la socialdemocracia sueca a la hora de emancipar a las mujeres, más que a los trabajadores. Las vidas breves del socialismo que traza Sunkara, por llamarlas así, en un puñado de contextos nacionales, son relatadas de manera polémica, pero nunca tendenciosa, con una capacidad para el detalle que cuestiona a la vez que corrobora las lecciones de estrategia que va a extraer de ellas.

Sin entrar en matices demasiado complejos, ¿cuáles son las líneas maestras de la historia que Sunkara quiere contar? El logro de Marx fue «plantear definiciones del capitalismo y del comunismo» («una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos»), pero los escritos de una figura que, en los albores del movimiento, fue necesariamente «más improvisador que profeta», más tarde se pervirtieron en un evangelio infalible: «Una vez dijo que su máxima favorita era ‘dudar de todo’, pero bajo los regímenes autoritarios el marxismo se convirtió en una ciencia que no daba lugar a la duda»4. El mejor tributo que recibió Marx –«un demócrata y un creyente en que la mayoría tenía interés en su propia emancipación»– en tanto que socialista democrático fue también el más temprano, materializándose en la forma del spd alemán, que consideraba que la democracia era una condición previa para el socialismo, más que a la inversa. Sunkara cita a Kautsky: «La tarea del Partido Socialdemócrata es dotar a la lucha de la clase obrera de una unidad consciente y coherente y señalar la necesidad inherente de sus objetivos». Según esta concepción del partido, nos dice Sunkara, la izquierda «prepara, pero no hace la revolución». Kautsky «pensaba que el tiempo jugaba a favor de la socialdemocracia y quería posponer el conflicto definitivo hasta que la victoria fuera segura». La línea que adopta Sunkara sobre Lenin en Rusia es esencialmente la trotskista: «En la subdesarrollada Rusia (…) una vez derrotadas las clases explotadoras, no habría una base material para la construcción a gran escala del socialismo. Por ende, las metas de la revolución tendrían que ser ‘promovidas por un proceso revolucionario internacional’»5.

Cuando la revolución internacional dejó de ser inminente –el spd, en concreto, se había amilanado ante su tarea–, la Revolución Rusa se encaminó por la deprimente senda de la burocracia socialista, imponiéndose y agrandándose (de manera sádica durante el liderazgo de pesadilla de Stalin) sobre la base de una clase obrera a la que no se consultaba y que consistía, en su mayor parte, en campesinos iletrados. Después de la guerra, Suecia –el mayor ejemplo de socialdemocracia hasta la fecha– presentó un enfoque diferente y superior para la emancipación de la clase obrera: «Los socialdemócratas rechazaban la insurrección y se acomodaron a la república democrática» y así establecieron, durante un tiempo, «la sociedad más vivible de la historia», satisfaciendo las «prioridades socialistas» «mediante la intervención para dar forma a los resultados de la empresa capitalista y no mediante la nacionalización»6.

La adopción por parte de la socialdemocracia en 1976 del plan del economista sindical Rudolf Meidner para practicar una amable eutanasia al capitalismo sueco mediante «un fondo asalariado de propiedad colectiva», que gradualmente expropiaría a la burguesía y que, a la larga, pondría las empresas nacionales en las manos del proletariado, marca el punto álgido del socialismo democrático. La visión de Meidner se hundió en el prolongado declive del capitalismo global –«la socialdemocracia siempre se constituía sobre la expansión económica»– y la intransigencia de los capitalistas que acertadamente suponían que este plan era una «amenaza existencial» y que lo presentaron a los votantes «como un intento por parte de la burocracia sindical de concentrar el poder». (Es curioso que Sunkara titule este capítulo sobre los obstáculos que impidieron que la socialdemocracia europea de posguerra llegase al verdadero socialismo «El dios que fracasó», basado en el epitafio de la Guerra Fría sobre el comunismo soviético: una alusión al mismo tiempo inusualmente reverencial de la socialdemocracia –que ni siquiera sus partidarios suelen identificar como una deidad creadora del mundo sino, a lo sumo, como un demiurgo con poderes limitados–, que no encaja tampoco con las tesis de Sunkara cuando redimensiona los logros socialdemócratas).

El papel de China en este relato global parece ser el de impulsar la tesis de que un socialismo digno de ese nombre solamente puede establecerse en aquellos países en los que el capitalismo está más avanzado, no en los que lo está menos: «La experiencia socialista del Tercer Mundo reivindica a Marx. Este sostuvo que una economía socialista exitosa requiere fuerzas productivas ya desarrolladas y que una democracia socialista robusta exige una clase trabajadora autoorganizada7». (Aludiendo a las últimas cartas de Marx dirigidas a su corresponsal rusa Vera Zasúlich, sin explicarlas, Sunkara concede que este «más tarde complejizó esta predicción». La aparente ratificación de estas cartas de la revolución del siglo xx en países económicamente atrasados no se aborda). Como explica Sunkara, «el intento de compensar varios siglos en ‘pocos años’ hacía que en el Tercer Mundo el socialismo tendiera a la dominación por pequeños grupos que buscaban la modernización desde arriba»8. En China y en otros lugares, esto constituyó «la fórmula para el autoritarismo».

eeuu, patria de Sunkara, con su capitalismo precoz y consumado, proporciona la última ilustración de la carrera histórica del socialismo. Los inicios de la izquierda estadounidense fueron bastante prometedores: «A final de la década de 1820, en eeuu nacieron los primeros partidos obreros del mundo, en Boston, en Nueva York y en Filadelfia, así como en otros lugares». El vacío (o mejor dicho vaciado) suelo estadounidense era también un terreno fértil para el socialismo utópico de Robert Owen, quien fundó su colonia New Harmony en Indiana en 1827 y reunió allí a fourieristas, entre los que se encontraban Nathaniel Hawthorne y Ralph Emerson, presentes en Brooke Farm. No obstante, escribe Sunkara, «la Guerra Civil fue la auténtica Revolución Estadounidense», dado que expropió alrededor de 3,5 billones de dólares de «propiedad privada» al emancipar a los cuatro millones de esclavos presentes en el Sur del país. Aunque Sunkara señala que la abolición de la esclavitud propietaria «inspiró batallas en contra de lo que se denunciaba como ‘esclavitud asalariada’», ignora la obra de muchos historiadores marxistas, entre ellos Neil Davidson, que han interpretado la Guerra Civil no como el heraldo de la revolución socialista, sino como una variante en el Nuevo Mundo de las revoluciones burguesas acaecidas en Europa o, dicho con otras palabras, como el acontecimiento que al erradicar la esclavitud de las plantaciones consolidó en lugar de desafiar la predominancia de la relación salarial.

Sunkara pasa a reconocer la inspiración que fue Kautsky para Debs. Debs declaró que los escritos de Kautsky «eran tan claros y concluyentes que yo captaba de inmediato no solo su argumento, sino también el espíritu de su expresión socialista»9. A partir de ahí nos conduce en una rápida visita guiada por el ignis fatui de la izquierda estadounidense, desde el Partido Socialista de Debs, a través de los wobblies (que amasaron un inmenso crédito moral y algunas preciadas victorias en mi región natal de las Mountain West en aquellas ocasiones en las que los mineros en huelga y sus familias fueron masacrados por los mercenarios de la agencia Pinkerton), y el Partido Comunista de eeuu que, como mínimo, nutrió las filas del movimiento de los derechos civiles. Sunkara tiene razón cuando señala que «el final del sistema Jim Crow transformó eeuu y es posible que sea el legado más importante y duradero de la izquierda estadounidense». No se detiene a considerar la erosión de este logro a partir de la década de 1970, como ha quedado patente en el número, comparable a los de un gulag, de los estadounidenses negros actualmente encarcelados, o en las dificultades para ejercer el derecho al voto que enfrentan los afroestadounidenses a partir de 2013, momento en el que el Tribunal Supremo derogó la Ley de Derecho al Votode 1965 y dejó a los viejos estados de la Confederación sin supervisión a la hora de administrar este derecho. Sunkara, no obstante, es demasiado honesto como para fingir que la izquierda ha tenido un papel más importante en la historia estadounidense que el decoro moral: «Los socialistas se las han arreglado para tener un papel importante en las luchas por hacer de eeuu un país más democrático y humanitario, pero las desigualdades que hoy marcan la sociedad estadounidense son un crudo recordatorio de nuestros fracasos»10.

El resto del Manifiesto socialista apunta al renacimiento de la izquierda en eeuu, aduciendo las desigualdades en aumento como la causa principal de tales esperanzas: «Podríais pensar que un movimiento socialista es inevitable en tiempos como los que vivimos. Tendríais razón». En el capítulo 8 recapitula la crisis financiera de 2008, el movimiento Occupy de 2011 y la frustrada campaña de Bernie Sanders para la nominación demócrata de 2016. En su conjunto, estos acontecimientos indican que hay un electorado listo para alguna forma estadounidense de socialismo democrático y, en el capítulo 9, Sunkara reúne una lista de 14 puntos que señalan a los socialistas democráticos estadounidenses «Cómo ganaremos». (No podemos sino acordarnos, desafortunadamente, del comentario de Georges Clemenceau sobre los Catorce Puntos del presidente Woodrow Wilson para la reconstrucción de posguerra durante el Conferencia de Paz de Versalles de 1919: «A Dios mismo le bastaron diez mandamientos»).

No se puede objetar mucho a los 14 puntos de Sunkara. Algunos de ellos podrían resultar controvertidos para los profesionales de los partidos de centroizquierda anglófonos, por ejemplo, el punto 2: «Una socialdemocracia de lucha de clases tiene el potencial de ganar hoy unas elecciones nacionales», una proposición que podría suscitar una oposición intensa entre los parlamentarios laboristas del ala derecha en Reino Unido, o en los asesores alineados con los valores de las áreas residenciales del Partido Demócrata en eeuu. Pero la mayoría de sus puntos son trivialidades de izquierda: punto 9, «Los socialistas deben implicarse en las luchas de la clase obrera»; o punto 14, «La historia es importante». Ausente de la lista, en una omisión desafortunadamente típica de la política del dsa, se halla cualquier cuestionamiento del papel de eeuu como defensor armado del capital mundial. La proposición general del programa de Sunkara es hablar de un proyecto político de clase obrera, retrospectivamente progresista, que coloca al sindicato, en tanto que institución, y a la clase obrera, en tanto que categoría sociológica, en el centro de una política universalista de cambio, radical pero gradual, en la dirección del socialismo democrático.

A la vez sensato y plausible, este consejo se entiende y es convincente por el momento. Pero ¿en qué medida lo es? Sunkara dice que este capítulo «ofrece una ruta basada en la historia de la política de izquierda». Es revelador que no diga hacia qué destino se dirige su mapa. Pronto queda claro que es la socialdemocracia y no el socialismo lo que nos espera al final de su recorrido: «¿qué pasa con la meta final del socialismo: extender radicalmente la democracia a nuestras comunidades y lugares de trabajo, poner fin a la explotación del hombre por el hombre?»11. Sunkara no propone mucho más que «colocar estas cuestiones más radicales (…) sobre la mesa». Dicho de otra manera, el proyecto de este libro –explicar cómo la socialdemocracia electoral no solamente debería, sino que, en los eeuu del siglo xxi, podría con el tiempo alcanzar el socialismo pleno– se abandona tácitamente en el último momento.

El autor de todo libro que se etiquete como un manifiesto busca agrupar a los lectores en torno de alguna causa. ¿Qué grado de convicción tiene entonces el alegato de Sunkara a favor del socialismo democrático? En la medida en que su libro se dirige a los potenciales reclutas más que a los ya alistados, la cuestión es complicada de resolver si la persona que lo está reseñando ya alberga convicciones semejantes: ¿cómo juzgar la capacidad de persuasión de un «alegato» del que ya estamos persuadidos? Otros lectores podrán juzgar mejor la capacidad de Sunkara para el proselitismo. No obstante, el grado de persuasión de su libro tiene que evaluarse según coordenadas socialistas.

Por una parte, el rechazo por parte de Sunkara de hacer conjeturas y proposiciones acerca de cómo podría eeuu pasar de ser un país capitalista que alberga un incipiente movimiento socialista a ser una nación auténticamente socialista, buscando con decisión acabar con el gobierno del capital privado, refleja una admirable humildad. No se puede predecir con seguridad nada acerca del futuro advenimiento de unos eeuu socialistas, excepto que llegará de manera inesperada, si es que llega. Y, aun así, el relato de Sunkara nos prometía mostrar, o al menos sugerir, de qué modo el uso de medios democráticos podría lograr como resultado el socialismo, no únicamente la socialdemocracia. Aunque la mecánica de dicha transformación no pueda conocerse de antemano, debería ser posible aun así concebir el proceso, es decir, este debería ser a la vez imaginable y plausible para que un argumento como el de Sunkara, que la socialdemocracia estadounidense fomentaría y aceleraría la llegada del socialismo en lugar de evitarla o retrasarla, sea convincente. Esa promesa queda inconclusa.

Implícitamente, la lógica del argumento de Sunkara parece ser que, puesto que la historia del siglo xx muestra las limitaciones del socialismo sin democracia, así como las de la democracia sin socialismo (por no hablar de todos esos casos, que son incluso más numerosos, de países que no son ni socialistas ni democráticos), un auténtico socialismo «democrático» («de hecho, yo considero que el término es sinónimo de ‘socialismo’») debe ser el destino del siglo xxi. La socialdemocracia (bajo la forma de un movimiento), entonces, será el vehículo y el socialismo democrático (bajo la forma del poder del Estado), su destino: «El socialista democrático sabe que se necesitará una lucha de masas desde abajo» y –así de vago– «perturbaciones caóticas para traer un tipo de cambio más duradero y radical».

Dos importantes defectos vician esta «defensa de la política radical». En primer lugar, no se contempla, aunque se desea, ninguna transición real al socialismo. Tanto la parábola inaugural del Manifiesto socialista, la de la fábrica de salsa para pasta gestionada por los trabajadores, como su lista final de vagos preceptos, ocupan el lugar de toda imagen concreta de la transición. En segundo lugar, no se identifica ninguna lógica histórica emergente que permita la instauración del socialismo en un país rico y desarrollado, la cual hasta ahora ha conseguido eludir a la izquierda del Primer Mundo. Si los partidos radicales y los sindicatos no fueron capaces de llevar el socialismo a los países desarrollados en el pasado, cuando eran mucho más poderosos de lo que son hoy, ¿qué nuevas condiciones hacen que el siglo xxi sea más propicio para el socialismo de los países ricos de lo que fueron los siglos xix o xx? El fin de lo que los marxistas solían llamar ciencia histórica era producir predicciones útiles del futuro; aquí ese proyecto se abandona. Sensato como es el libro de Sunkara en su conjunto, su silencio en esta cuestión le da un aire utópico más que científico, por usar los términos de Engels. Georg Lukács se explayaba sobre esto en su breve estudio sobre Lenin: «El utopismo revolucionario es un intento de alzarse uno mismo tirándose del lazo de sus botas, de aterrizar de un salto en un mundo completamente nuevo, en lugar de emprender (…) la evolución dialéctica de lo nuevo a partir de lo viejo». El abandono contemporáneo por parte de la izquierda de la expresión dialéctica aún deja intacta la tarea dialéctica de imaginar cómo surge el futuro en una serie de pasos, no en un salto mágico.

Que Sunkara no aborde esta tarea implica evitar varias preguntas obvias, dejándolas sin respuesta porque no se han planteado. ¿Sería el éxito de la socialdemocracia en eeuu la vía más probable que nos conduciría al socialismo, puesto que la experiencia popular de la primera instilaría el deseo del segundo o, en lugar de ello, sería la frustración de las exigencias socialdemócratas a manos de la reacción capitalista lo que convencería a una masa crítica de ciudadanos de que es la revolución lo que verdaderamente se necesita? Esto da por sentado, en ambos supuestos, que una mayoría de los estadounidenses un día estarían dispuestos a votar en un referéndum, al estilo de Kautsky, instaurar el socialismo en eeuu y desmantelar el capitalismo. ¿Hay alguna posibilidad de que la clase capitalista, y sus leales, sus sirvientes y sus guardias de seguridad, acepten de buen grado esta voluntad general? (Lenin le reprochaba a Kautsky su ingenuidad al imaginar que el capitalismo podría abolirse mediante un plebiscito nacional). Si no es así, ¿qué necesitan hacer los socialistas para reclutar soldados e incluso policías en sus filas para que, cuando llegue el momento, la democracia pueda prevalecer mediante la revolución y, en una situación de poder dual, haya suficientes hombres y mujeres armados que obedezcan a la soberanía popular en lugar de a un Estado recalcitrante? Incluso entonces, en el supuesto de una revolución democrática triunfante, ¿qué medidas represivas serían necesarias para salvaguardar el logro frente a los esfuerzos de sus oponentes internos y tal vez internacionales?

La izquierda revolucionaria ha debatido estas cuestiones desde hace mucho tiempo a partir de posturas diferentes (aunque quizá no lo suficiente) según el momento y el lugar. Y estas cuestiones no admiten fácilmente respuestas genéricas o concluyentes: hay que planteárselas según las circunstancias locales y nacionales. Incluso así, resulta demasiado escrupuloso que Sunkara, en una obra de estrategia revolucionaria, no se las plantee en absoluto o, al menos, que no admita que cualquier movimiento socialista con aspiraciones reales de alcanzar su objetivo tendrá que enfrentarse, más tarde o más temprano, a ellas.

Que Sunkara no consiga presentarnos de manera convincente a la socialdemocracia como la partera de la revolución socialista no sería tan importante si fuera algo exclusivamente suyo. La secuencia de acontecimientos que él evidentemente desea, pero que no puede predecir, desde la instauración de la hegemonía socialdemócrata dentro del Estado liberal capitalista hasta la revolución socialista bajo el impulso de la movilización de masas y, a partir de ahí, hacia la consolidación nacional del socialismo democrático, en un marco internacional sin duda alguna más hostil que amigable ante ese esfuerzo desesperado, no ha sido, por supuesto, anticipada con la convicción suficiente por ninguna otra de las personas que albergaban ese mismo deseo. Sunkara, en su Manifiesto socialista,no es capaz de reconciliar las sombras de su comprensión histórica y la modestia y el carácter tentativo de su programa político con la profusión y la urgencia de sus esperanzas (y las nuestras) en una transformación social que, ya sea con eeuu liderando el camino o colocándose tras otros países, consiga, antes de que sea demasiado tarde, combinar la emancipación del capitalismo con el rescate ecológico de la civilización. Si yo supiera mejor que él cómo hay que hacerlo, no dudaría en contarle a mi camarada y compatriota cómo se resuelve el enigma de la historia.

Nota: la versión original de este artículo fue publicada con el título «¿Ondea la bandera roja sobre la Casa Blanca?» en New Left Review segunda época No 119, 11-12/2019.

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  • 1.Basic Books / Verso, Nueva York-Londres, 2019. Hay edición en español: Manifiesto socialista, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2020. Todas las referencias fueron tomadas de esta última.
  • 2.B. Sunkara: ob. cit., p. 44.
  • 3.Ibíd., p. 236.
  • 4.Ibíd., p. 65.
  • 5.Ibíd., p. 103.
  • 6.Ibíd., p. 132.
  • 7.Ibíd., p. 174.
  • 8.Ibíd., p. 147.
  • 9.Ibíd., p. 185.
  • 10.Ibíd., p. 205.
  • 11.Ibíd., p. 258.

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